miércoles, 29 de julio de 2020

El bebe maldito

Carla y Ramiro eran una pareja feliz de mediana edad, hacía cinco años que vivían juntos y por cosas de la naturaleza el embarazo no llegaba.

Un día estaban en la estación de tren en Constitución y una mujer extraña le pidió a Carla si podía tenerle el bebe mientras iba al baño. Ella acepto, le encantaban los niños. 

La mujer entro al baño y Carla espero que ella saliera para ingresar ella. La señora nunca salio y Carla empezó a preocuparse. Se acerco a la seguridad de la estación para informarle el hecho y ellos le dijeron que iban a ocuparse del asunto. Le preguntaron si se acordaba como iba vestida la mujer y algún que otro dato relevante. 

Carla les dijo que la mujer llevaba una pollera ancha como usan las gitanas y una camisola encima. También les dijo que hacía casi una hora que la mujer no veía la mujer. 

Mientras tanto Ramiro se preocupaba su mujer le había dicho que iba hasta el baño volvía y todavía no había aparecido, cuando comenzaba a preocuparse, Carla apareció con la policía y le contó lo que había sucedido en la fila del baño.

La policía les dijo que la mantendría informada y Carla y Ramiro se tomaron el tren y partieron hasta Monte Grande, se bajaron en la estación y pasearon un rato  por el centro comercial para olvidarse del asunto.

A los pocos días la policía se comunicó con Carla y le comunicó que la madre del bebe todavía no había aparecido y como ella lo había denunciado la asistente social que se ocupaba del asunto quería saber si ella y su marido querían tener la guarda provisoria del niño. 

- Lo voy a pensar-dijo Carla- nosotros somos un matrimonio que trabajamos mucho y casi no tenemos tiempo para ocuparnos de un bebe,

- Ok - respondió la policía que llamó- y cortó el teléfono.

Esa noche Carla habló con su marido y él le contesto que no. Un no rotundo

- ¿Por qué no?- dijo ella,

- Porque es un bebe raro, cuando vi la foto en los medios me  dio miedo, no quiero que este en casa con nuestros hijos perrunos.

- A mi me paso lo mismo cuando lo tuve en brazos, sentía que el bebe me absorbía la energía.

 Al otro día Carla llamó a la comisaría y les dijo que había hablado con su marido y que habían tomado la decisión de no aceptar la guardia provisoria del bebe.

Unos meses más tarde, Carla se puso a buscar una noticia en Google, allí descubrió que el matrimonio que se había encargado de cuidar del al bebe había sufrido una tragedia terrible, los hijos mayores del matrimonio había fallecido quemados en la habitación. El bebe fue el único que había sobrevivido porque dormía en el cuarto de los padres. 

La foto del diario mostraba una pareja devastada y un bebe sonriendo. Carla agradeció a Dios no haber aceptado la propuesta de la asistente social ya que al poco tiempo de rechazarla se había enterado que estaba embarazada y esperaba su primer hijo.




La sombras de Ema

Me llamo Ema, soy una joven mujer de la zona sur del Gran Buenos Aires, vivo con mi marido en una humilde casa y trabajo en una casa de comidas rápidas.
Hace unos días siento que algo extraño me sigue, una especie de sombra oscura y siniestra, desde el trabajo y al llegar a mi casa se aleja. Parece que el calor del hogar y la luz lo ahuyentan.
Sin embargo, esta noche algo raro paso, la sombra está adentro de mi casa, entro con mi marido. Ya se comió al perro y a mi marido sólo quedamos el gato y yo que estamos encerrados en la pieza, la siento detrás de la puerta, sé que me encontró.
Escribo está carta para avisarle a mi familia y advertirles que una sombra tenebrosa existe y devora cualquier ser vivo.
Si están leyendo estas palabras es porque me comió a mi también.
Días más tardes la madre de Ema fue a visitarlos. Tocó el timbre y nadie salía, abrió la puerta con la llave de repuesto que tenía. El perro estaba sentado en el sillón junto a su dueño, muerto con un tiro en el pecho.
Ema estaba en la pieza acostada en la cama con un tiro en la cabeza.
El frasco de pastillas recetado por el psiquiatra permanecía intacto sobre la mesita de luz junto a un papel escrito con palabras ilegibles.
El gato miraba a su dueña desde el techo del placar y se relamía las pezuñas manchadas de sangre.