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Amar, amar, amar eso se repetía una y otra vez Susana, una joven mujer de más de treinta años que sólo quería ser amada y amar a alguien, a algún hombre capaz de entenderla y respetar su soledad.
A pesar de ser una joven adulta aún no había podido disfrutar del amor verdadero, sólo había tenido relaciones casuales con hombres casados y solteros que no habían querido ni buscado una relación a largo plazo.
Todas sus amigas y conocidas estaban en pareja o habían experimentado la aventura del amor pero ella todavía se mantenía alejada de eso porque pensaba que la vida era algo mas que casarse y tener hijos. No obstante, a los treinta y tantos se había dado cuenta que tal vez seria lindo conocer un hombre que la cuidara y respetara, que pasara tiempo con ella y compartiera sus gustos pero todavía no habita llegado.
La vida sólo le presentaba hombres casados que querían tener sexo y nada más, sexo placentero y excepcional pero nada más. Todo se reducía a un intercambio de fluidos corporales.
Sin embargo, una tarde de otoño todo cambiaría para Susana sin que ella lo supiera. En la oficina donde trabajaba conoció un hombre joven y simpático que había empezado a laburar hacia dos meses. Siempre se lo cruzaba en los pasillos y se saludaban con timidez pero un día, Fernando, la invito a tomar un café en el bar de la esquina.
Si bien, ella creía que no se mezclaban el amor con el trabajo, acepto la invitación sin dudar. Fernando parecía ser un hombre agradable y además necesitaba desenchufarse un poco de la locura del trabajo.
Se encontraron en la cafetería que estaba sobre Santa fe cerca de Callao, la oficina donde trabajaban estaba cerca de la 9 de Julio. Fernando pidió un cortado y Susana una lagrima. Al principio la charla fue poco fluido por los nervios, hablaron del trabajo y de lo difícil que era trabajar sin sistema pero con el correr de los minutos la charla se hizo más amena y hablaron de todo un poco. Estuvieron un buen rato en el café hasta que Susana le dijo que tenía que irse que era muy tarde
-Uh, disculpa-dijo Fernando- no me di cuenta de la hora. Seguramente tu novio o marido
se va a preocupar porque todavía no llegaste- pregunto con disimulo.
-Vivo sola- contesto Susana- y vos tenes alguien que te espere?
-No también vivo solo. Bah, en realidad vivo con Blackie, mi gato- dijo sonriendo
- Yo vivo con Sultán, mi perro.
Ambos sonrieron tímidamente al darse cuenta que ninguno tenía pareja.
Antes de despedirse, Susana y Fernando intercambiaron sus números de celular y quedaron en volverse a ver pero en un lugar más intimo donde pudieran charlar sin ser observados por las miradas curiosas de sus compañeros de trabajo que estaban atentos a cada uno de los movimientos que hacía cada uno.
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